La envidia…

Alguna vez, había una bella mujer construyendo
su propio viñedo. Hizo los cercos, aró la tierra, construyó una casa para cuidar
del viñedo, y terminado el viñedo, construyó otro lugar, donde podía plantar
hortalizas y diferentes frutos. Mas, había quien le observaba desde una
habitación vecina, y miraba con envidia y decía:
– Pero ésta, ¿cómo es que tan rápido puede
construir? Y entonces, cuando su vecina cansada y cansada de trabajar, se
dormía, salía ella y con furia, abría su boca, y de su boca brotaba fuego, y
entonces lograba incendiar todo lo que ella había plantado.
Cuando salía el sol, se levantaba la bella
mujer, y contemplando todo su terreno, arrasado por el fuego, lloraba y lloraba
y lloraba… Mas de nuevo se incorporaba y nuevamente buscaba, que
sembrar.
Ya no hubo de tener viñedo, y ya no hubo de
sembrar hortalizas y otros frutos. Mas hubo de llevar ovejitas, reses, y cabras.
Y las llevó, y les construyó un lugar, les llevó alimento, y las tuvo una a
una. Y cuando hubo de alejarse a descansar, quien la observaba con envidia se
levantó. Y abrió su boca, y de su boca salió fuego, y el fuego incendió una a
una las ovejas. Y quemó una a una las reses y las cabras.
Cuando salió el sol, se levantó ella, y vio
todo su ganado arrasado por el fuego…
Y lloró y lloró… y lloró. Mas no hubo de
rendirse, y todo el día trabajó construyendo un lago. Y al lago llevó los peces
y llevó la vida… y trabajó ¡arduamente!. Cuando se alejó a descansar, quien la
observaba con envidia, se acercó al lago, y abrió su boca, y de su boca salió
fuego, y el fuego fue tan fuerte, como fuerte era su mala intención y su
envidia, que logró acabar y evaporar toda el agua del lago, y luego quemó uno a
uno los peces. Cuando salió el sol, se levantó la bella mujer y contempló todo
arrasado nuevamente por el fuego.
Y lloró, y lloró, y lloró…. y lloró durante
días, y durante días. Y quien la observaba con envidia, se sentía feliz, pues
decía:
-No había de tener ella, lo que a mi me falta,
pues mientras yo me muero de hambre porque no tengo un fruto, ni una hortaliza,
ni tengo tampoco una res, ni un pedazo de carne, ni un pedazo de pez, ni tampoco
una uva, no he de quedarme aquí contemplando, como otra multiplica sus riquezas.
Y he de asegurarme acercándomele, que no tenga otra intención, pues si tiene
otra intención, me volveré a levantar, para arrasarle con el fuego de mi
boca. Se acercó a ella y cuando se acercó le dijo:
-Mi bien amada vecina, ¿por qué estas llorando
tan tristemente?. He venido a consolarte y he venido a socorrerte. ¿Qué fue lo
que te sucedió?
Entonces la buena mujer, le contó una a una sus
desgracias, y uno a uno sus incendios. Y ella le dijo: -No te preocupes, vienes
tú de una familia, que trae siempre riquezas a tu puerta, que trae siempre
alimento a tu puerta, ¡y jamás! te falta el alimento.
Y Entonces la bella mujer le miró a los ojos y
le dijo: -Yo sé que nunca me falta el alimento. Yo sé que siempre tengo quien
golpee a mi puerta y me entregue riquezas y alimento, pues vengo de una familia
enriquecida que comparte conmigo sus riquezas. Pero es que mi dolor, mi bien
amada vecina, ¡mi inmenso dolor!, es porque todo lo que había sembrado y puesto,
era para entregártelo y regalártelo a ti. Pues contemplo con tristeza tu
pobreza, y siempre pienso que he de hacer algo por ti. Y es por eso, que me he
esforzado y me he esforzado, para entregarte este terreno cultivado y
enriquecido. Mas, mira como el fuego, me ha impedido servirte en amor.
Que otra de sus márgenes, siempre sea el
contemplar a tu prójimo con gozo, cuando multiplica sus riquezas, pues haz de
ver en sus riquezas, tus propias riquezas, si las miras en amor.
Con la envidia y el rencor arrasas a veces
tus propios frutos, pues la tierra es de todos y los frutos son de todos.
Si odias a tu hermano estás odiando tu
propio… tu propio  alimento, y a la propia mano que puede sostener el jarro
donde has de beber.
Pon amor y aceptación donde hay envidia y
recelo.
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